Nápoles, una ciudad construida por capas históricas
Nápoles permite leer una ciudad como una estratificación arqueológica y arquitectónica continua. Sus orígenes incluyen Parténope o Palépolis, en el siglo IX a. C., y la refundación de la ciudad griega de Neápolis en 470 a. C. La cuadrícula rectangular de aquella fundación todavía puede reconocerse en el tejido urbano actual, lo que diferencia Nápoles de la coherencia renacentista de Florencia y del distrito palaciego planificado de Génova.
El bien conserva testimonios de culturas sucesivas, sin quedar dominado por una sola época. Las murallas griegas, un teatro romano, cementerios y catacumbas documentan la ciudad antigua. Las etapas bizantina, normanda y siciliana sobreviven en iglesias y en Castel dell’Ovo. La Nápoles angevina introdujo el gótico francés junto a elementos griegos y árabes; los aragoneses transformaron defensas y calles y levantaron Castel Nuovo en gran parte según el estilo toscano. El dominio español está representado por el Palacio Real de 1600, mientras la Nápoles borbónica añadió edificios reales, nobles, educativos y asistenciales.
Por eso el centro histórico es más que una suma de monumentos. El bien incluye el área delimitada por las murallas aragonesas y cuatro componentes, con edificios destinados a funciones gubernamentales, residenciales, universitarias, sanitarias, artísticas y artesanales. Santa Chiara, San Lorenzo Maggiore, la catedral, la Piazza del Plebiscito, el Museo Arqueológico Nacional y el Albergo dei Poveri del siglo XVIII muestran esa diversidad. Sus funciones explican el lugar de Nápoles entre las ciudades patrimoniales: el trazado y la continuidad urbana conservan la sucesión de culturas mediterráneas en un mismo espacio.
